Laudatio de Florentino Soria

 

Florentino Soria, cinéfago de sueños

 POR LUIS FERNÁNDEZ COLORADO 

     Sabido es que la fascinación provocada por las sombras animadas en celuloide suele tener un efecto adictivo que denominamos cinefilia. Dicho término blasona el conocimiento extenso de una disciplina artística que se ha identificado mejor que ninguna otra con el siglo XX, y cobija a quienes suelen transitar por un territorio más próximo a la mítica del sueño que a los estrechos márgenes de la realidad. Sin embargo, Florentino Soria eligió hace tiempo transgredir todas las convenciones sociales al uso para, en una muestra de lucidez provocadora, calificarse nada menos que de cinéfago: alguien que tiene en las películas su alimento exclusivo y que, lejos de manifestarse como selecto gourmet, deglute en notables cantidades toda suerte de propuestas creativas.

     Su dilatada trayectoria profesional anterior no ha sido ajena a este aparente arrebato de senectud. Tras estudiar Dirección en el IIEC, plasmaría su entusiasmo por el llamado Séptimo Arte ejerciendo como docente en la Escuela Oficial de Cinematografía –nada menos que a lo largo de dieciocho años-, guionista o crítico. Fundador de briosos cineclubs en la década de los cuarenta, figura clave en la renovación del cine español acaecida a partir de los años cincuenta –donde colaboraría, entre otros, con Fernando Fernán-Gómez o con su entrañable amigo Luis García Berlanga-, laureado guionista a comienzos de los sesenta e incluso eficaz burócrata desde la privilegiada atalaya de la Subdirección General de Cinematografía y Teatro, Florentino Soria ha resultado siempre en este sentido un personaje ciertamente singular e inclasificable.

     Pero hay un aspecto que, en tanto miembros de esta Asociación Española de Historiadores del Cine que ahora le rinde sentido homenaje, deberíamos destacar por encima de ningún otro: su ardorosa defensa de la conservación del patrimonio cinematográfico como base fundamental de progreso cultural. El apasionamiento de su caudaloso discurso, la vehemencia en el apoyo a la investigación, la sempiterna receptividad hacia las tendencias estéticas y analíticas más heterogéneas, el deseo de volcar pedagógicamente buena parte del magisterio adquirido con los años o, en fin, su cabal apertura al signo mudable de los tiempos culminaron de algún modo entre 1970 y 1984, intervalo en el que se hizo cargo de la dirección de Filmoteca Nacional de España.

    Es aquí donde necesariamente debo introducir también el apunte personal, puesto que mis primeros pasos como aficionado al cine tuvieron como espacio las salas ambulantes de una Filmoteca que subsistía de prestado en el extinto Museo de Arte Contemporáneo, el Círculo de Bellas Artes, las antiguas salas Covadonga, Infantas, Príncipe Pío o Torre de Madrid, el California, en una asombrosa regresión –tal era el desinterés administrativo en aquellos años hacia este organismo oficial- a los orígenes de espectáculo de feria. Florentino Soria logró en esos quince años, pese a las trabas y dificultades, desarrollar las múltiples áreas de una Filmoteca en la que nadie parecía creer: la puesta en marcha de una biblioteca especializada; la recuperación de películas perdidas, con éxitos de alcance internacional gracias, por ejemplo, a la etapa muda de King Vidor; o, por supuesto, la programación de fascinantes ciclos que en cierta medida no han sido todavía superados y que supusieron una llamativa plataforma para el cine clásico español. Etapas como la Guerra Civil, productoras como CIFESA y realizadores como Edgar Neville o Juan de Orduña fueron objeto de revisión exhaustiva, con el extraordinario acompañamiento de modestas publicaciones, ciclos de conferencias o mesas redondas, en un intento de variar la consideración existente sobre nuestro cine y sus artífices.

     Vaya pues el agradecimiento a un hombre que, pasada la frontera de la jubilación, sigue desarrollando una prolífica y encomiable actividad con la escritura de libros, la docencia o, por descontado, en el seno de la propia Asociación Española de Historiadores del Cine. Y el homenaje a la persona de enorme vitalidad que, como buen cinéfago, disfruta sin pudor mientras revisa clásicos y se entusiasma con las más rupturistas obras de la modernidad.    

Luis Fernández Colorado

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