Laudatio de Eduardo Ducay

LA MEMORIA DE EDUARDO DUCAY

POR JUAN M. COMPANY

Córdoba, 24 febrero 2006

    Me cabe el honor de oficiar la laudatio de Eduardo Ducay en este acto solemne donde se le entrega la medalla de la AEHC, que galardona así una impecable trayectoria profesional. Sesenta años de rumbos y manejos cinematográficos en nuestros lares no se dejan resumir fácilmente y es tarea ésta que voy a ahorrar, tanto al homenajeado como a los aquí presentes. Tan sólo pretendo hacer algunas modestas calas en dicha andadura y, para ello (y como siempre se debe partir de algo) empezaré justificando el atributo que le otorgo a Ducay en el encabezado de este texto: Ducay es un hombre de memoria o, mejor dicho, un hombre dotado de memoria, como se definía a sí misma la protagonista de Hiroshima, mon amour. Volveré sobre ello al final de mi intervención, pero baste ahora con señalar dos muestras de esa excelente memoria de la que les hablo. Las dos están relacionadas con mi redacción, hace diez años, de las voces de Los chicos y Tristana en Flor en la sombra, esa Antología Crítica del Cine Español que con tantos trabajos y desvelos editara Julio Pérez Perucha. Ducay me hizo un vívido retrato personal de Leonardo Martín, cofundador- junto con él y Joaquín Gurruchaga- de Época Films, y de las vicisitudes del proyecto cinematográfico Los chicos antes de la entrada en escena de Marco Ferreri y cómo fue Luis García Berlanga quien proporcionó el título del film. En el caso de Tristana, Ducay me proporcionó no sólo el nombre del médico republicano del exilio que puso en contacto a Buñuel con Fraga Iribarne para que el film empezara a rodarse, sino también del área de conocimiento en la que Rafael Méndez era catedrático. Dos ejemplos, creo yo, de buena memoria. 

    Si les hablo del concepto de memoria en el comienzo de estos cuatro folios (no hay más, que no cunda el pánico) es tanto por oportunidad, porque hace al caso, como por un prurito de diferenciación. Últimamente asistimos al abuso del sintagma memoria histórica, casi siempre aplicado al descubrimiento de fosas, hasta ahora ocultas, de fusilados en la guerra civil por el bando vencedor. Es ésta una memoria hecha de sombras y piedras, por seguir con el texto de Hiroshima y cuya acción y ejecución se basa menos en el discurso que en la mera exhumación de cadáveres. En los mismos términos de memoria histórica subyace un inútil pleonasmo (¿Qué memoria no es histórica?) y tal vez valdría la pena enhebrar al sustantivo otro adjetivo: el de viva, por ejemplo. Una memoria viva daría todo su sentido al valor del testigo, del testimonio, en la forma como Giorgio Agamben ha sabido explicarlo, de forma preclara, en sus libros. Si Eduardo Ducay se me antoja memoria viva del cine español es porque su trayectoria en el mismo se ha expresado de la manera más rotunda y coherente en que la vida se manifiesta: mediante el compromiso y la coherencia ideológica. Coherencia y compromiso que empiezan a materializarse, a edad muy temprana, cuando funda, en 1945, con Orencio Ortega (más tarde se les uniría Manuel Rotellar) el Cine-Club Zaragoza donde llega a proyectar algún film de la vanguardia soviética, en aquellos tiempos autárquicos e imperiales. Las actividades de Ducay en los primeros años cincuenta se dividen entre sus estudios en el IIEC (especialidad de Dirección) y sus asiduas colaboraciones como crítico y estudioso cinematográfico en prestigiosas revistas culturales como Ínsula e Índice (Madrid) y Bianco e Nero (Roma), formando parte del consejo de redacción de Objetivo, en cuyo primer número (julio de 1953) publica una dinámica semblanza de Cesare Zavattini bajo el título de La obra de Zavattini (notas para una interpretación). Aunque pertenezcamos a generaciones diferentes, Eduardo Ducay y yo hemos podido degustar esa dulzura de vivir que Talleyrand adjudicaba a los que vivieron antes de la revolución- o, en nuestro caso, antes de la instauración de la democracia- donde sabíamos el valor que podía adquirir la palabra libertad cuando se asociaba al cine.Así, en un artículo publicado en el número 72 de Ínsula (diciembre de 1951) a propósito del cine italiano, Ducay dirá que “...el actual cine italiano es un cine expresivamente libre, tanto en sus ideas como en sus procedimientos”. No es extraño que esta caracterización se proyecte como una desiderata aplicable al cine español en una de las dos ponencias que presenta en las Conversaciones Cinematográficas Nacionales de Salamanca cuyo Llamamiento firma: “El cine...necesita libertad. Las circunstancias pasadas y presentes (de todo orden) de nuestro país y del mundo se la han negado”. En otro momento (Ínsula, nº 77, mayo 1952) afirmará, a propósito de Vittorio de Sica, que “el final trágico de El limpiabotas es su final moral”. Introducir ese factor de ética social en la reflexión cinematográfica podía ser subversivo en la España nacional-católica que a Ducay le tocó vivir. Hoy, en el tenebroso amanecer de un nuevo siglo, teñido de globalizadoras insolidaridades, se hace absolutamente necesario; sigue siendo de candente actualidad. Aplicada al cine documental español- el tema de su segunda ponencia salmantina- esa libertad de expresión, opinión y concurrencia (recordemos que el férreo monopolio estatal del NO-DO impedía esta última) se debería traducir en “una vía de conocimiento entre los españoles, para dar así una nueva conciencia de la realidad nacional”.

     “Los domingos siempre llueve”, afirma, tajante, un personaje secundario a Antonio Ricci en Ladri di biciclette. La devastadora tristeza de una tarde de domingo lluviosa, sin nada que hacer salvo, quizá, adentrarse en la galería de espejos deformantes de un no menos triste barracón de feria, ha quedado ya para siempre inmortalizada en Los chicos. La primera producción de Época Films que Ducay pone en pie con sus compañeros del IIEC Leonardo Martín y Joaquín Gurruchaga, supone también la primera aparición en las pantallas españolas de los vencidos de la guerra civil, hijos de esa pequeña burguesía de los barrios, miserabilizada como clase social y sin ninguna opción política, víctimas, en suma, de la victoria franquista.Época Films alumbrará, en los años sesenta, títulos como Trampa para Catalina, de Pedro Lazaga y Tiempo de amor, de Julio Diamante e intentará traer de nuevo a Buñuel a España, algo que la Administración franquista, reciente aún el affaire Viridiana, no estuvo dispuesta a tolerar hasta 1969, tras un enconado y complejo forcejeo político. El resultado es Tristana, obra cumbre del realizador de Calanda, en la que se defiende una ética de la libertad, basada en las acciones de la protagonista femenina, contrapuesta a la moral burguesa y patriarcal de Don Lope, basada sólo en las palabras. Cuando Ducay cree Classic Films, en los años ochenta, gestionará la producción de Padre nuestro, donde Francisco Regueiro hace una relectura, en clave perversa, de Viridiana. La libertad, preconizada por Ducay, debería reflejarse, más pronto que tarde, en el espejo de uno de los cineastas más libres de la Historia, al que ya homenajeara en el proyecto de documental de 1955 Carta de Sanabria. Aunque el negativo de dicho documental se destruyó accidentalmente, los apuntes de Ducay- acompañados por las fotos de Juan Julio Baena- que debían servir de base al futuro guión, se publicaron en el primer número de Cinema Universitario (marzo 1955) y en ellos puede apreciarse la huella inspiradora de Las Hurdes.

     Ducay fue el creador, desde los Estudios Moro, de un pequeño look de películas musicales con el grupo Los Bravos, en sintonía con los films de The Beatles rodados por Richard Lester. En 1994 produjo una excelente serie televisiva basada en La Regenta de Clarín, donde Fernando Méndez Leite lograba una acertada lectura del original literario. Fue, también,en 1987 el iniciador de la Academia de las Artes y las Ciencias Cienamtográficas de España, ejerciendo como vicepresidente de la misma entre 1988 y 1990 y forma parte del patronato de la nueva escuela cinematográfica de la Comunidad de Madrid (ECAM) desde su creación, en 1994.

     Decía, al comienzo de mi exposición, citando a Resnais, que Eduardo Ducay es un hombre dotado de memoria. Me parece justo cerrarla también con Resnais, con esa frase de uno de sus cortometrajes (Les statues meurent aussi) donde, tal vez, se encierre lo más sustancial de su discurso como cineasta: “La muerte es siempre un país donde se va a perder la memoria”. En un cine tan desmemoriado como el nuestro, generalmente invadido por aflictivas banalidades- es una expresión de nuestro Presidente que él sabe me gusta citar siempre que puedo- la memoria viva y fértil de Eduardo Ducay debe ser reivindicada. Valga, pues, esta modesta medalla de la AEHC como expresión de agradecimiento a su trabajo.

Juan M. Company                                                                       

 

Ver Perfil de Eduardo Ducay 

Buscar

Acceso Socios

Bienvenido a la web de la Asociación Española de Historiadores del Cine. Si quiere salir de la sesión como socio, pulse el botón de Finalizar Sesión

Contacto

Asociación Española de Historiadores del Cine

Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Apartado de correos 15.000
28080 Madrid
España

Última Noticia

junta directiva 16

Última publicación

libro actas